La vida en el monte, en un cuento de Martiniano Leguizamón.

Conocemos ya la docencia que ha hecho Martiniano Leguizamón, refiriéndose a los usos y costumbres de nuestros hombres campo. Sus experiencias, vivencias he investigaciones, nos han llevado al conocimiento de muchas pilchas, destrezas y forma de vida.

Autor de libros como “Montaraz” y “De cepa criolla”, Leguizamón había nacido en Tala, Entre Ríos en 1858, se formó en el famoso colegio de Concepción del Uruguay y se recibió de abogado en Buenos Aires.

Puntilloso al escribir, elegía las palabras con cuidado y buen gusto. Sus relatos camperos son descripciones pintadas con la justeza del eximio pincel sobre la tela.

“La difunta porfiada”, es un corto relato tragicómico, que presentamos para ser disfrutado por el lector.

“…Era así, si mis recuerdos no marran: Había una vez un montaraz que vivía solito en su rancho junto a la barranca de un arroyo correntoso. Todo el día trabajaba cortando los árboles más altos del bosque. Como no tenía quien le cocinara ni le lavara la ropa, decidió buscar compañera entre las muchachas de las estancias del pago”.

Nótese la determinación del hombre y la joven que lo aceptará, y así podrá corroborarse aquello que hemos sostenido siempre: el amor era distinto en otras épocas, lo que hoy conocemos como amor en una pareja, es un concepto “moderno”.

Continúa refiriéndose a la búsqueda de una compañera: “No le fue difícil encontrarlaporque las muchachas abundaban. Elegida la que más le gustó, le dijo:

-¿Quiere güeña moza que nos casemos?

-Güeno_ le contestó la muchacha sonriendo, y a los pocos días el montaraz la alzó en las ancas de su caballo y se la llevó al rancho.

Era una linda morocha, de ojos grandes y de trenzas renegridas, como las alas del morajú, calladita y muy trabajadora.

El marido estaba contento, había gastado toda su platita para recibirla en su rancho, pero poco le duró la alegría.

La morocha comenzó a llevarle la contraria, a porfiarle en todo y a mostrar sus mañas. Cuando él volvía del monte, cantando alegre, trayéndole alguna lechiguana o una nidada de huevos de ñandú, ella ni le miraba. La comida no estaba preparada, ni el fogón encendido siquiera, y en el rancho todo era un deorden. A la primera observación ella se ofendió y se puso a insultarlo diciéndole piojoso. El marido enojado levantó la mano para castigarla, pero dejó caer el brazo. No podía pegarle porque la quería mucho, y sin decirle una plabra sacó el yesquero y prendió el fuego para hacer la comida.

Al otro día sucedió lo mismo”.

El pobre hombre no lo podía creer, pensaba que le habían cambiado la mujer, ya no tenía ganas de volver a su rancho, porque para él, ella ya no era la misma.

Cuenta Leguizamón: “Al regresar una tarde y al ver el abandono de su mujer, antes tan linda y aseadita, y ahora tan sucia, pues ni se peinaba las trenzas que a él tanto le gustaban, le dijo con mucha pena, casi llorando: -Ya no me querés mi vida, cuando ni te arreglás pa mí…”

La cuestión es que el hombre, con pena o sin ella, la llevó hasta el río y la tiró, aprovechando que la mujer no sabía nadar; “las aguas la sepultaron…” escribiría el autor. Al frustrado marido le pareció que ella, entre aparecida y hundida, hacía con las manos el mismo gesto que cuando lo insultaba. Y el final fue desopilante, como se esperaba, el paisano se arrepintió: “Bajó de un salto la barranca y comenzó a caminar aguas abajo buscándola. De repente se paró.

-Era tan porfiada la pobrecita que hasta muerta era capaz de haber ido contra la corriente- dijo, y caminó”.

Y la encontró nomás, tirada entre unas ramas de la orilla, con las manos duras por la muerte, pero como haciendo esa señal maldita que a él tanto le molestaba.

La enterró, se quedó mirando la tumba, tapada con ramas para que los animales no pudieran husmear, hasta el anochecer “…y desde  aquel día no se sintieron más los golpes del hacha que volteaba los grandes quebrachos”.